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Madres de la vida real

Madres de la vida real

La perfección y pureza del amor maternal se ha idealizado desde hace muchísimo tiempo, posicionando a las mamás en un altar de dadoras de amor puro, incondicional y desmedido. A estas madres idealizadas se les muestra como unas diosas del amor, que lo dan todo sin esperar nada a cambio, que nunca se desesperan, que no pierden el control ni sueltan uno que otro grito por aquí y por allá, como unas mujeres intocables y divinas a las que todo les sale bien. Con hijos que no hacen berrinches y obedecen. Niños que duermen y comen bien. Y si alguna vez no quieren hacerlo, ellas nunca pierden la paciencia para pedirles a sus hermosos hijos que hagan caso. Se les ve como madres que se ven bien, se sienten bien y saben a dónde ir y cómo llegar ahí. Son casi como imágenes de tarjetas de Hallmark. En las que todo sucede con perfecta fluidez y armonía.

 

Pero cuando vemos esto nosotras no encajamos. No entramos en ese mito de “la perfección de la maternidad”. Toda esta imagen hace que las madres que vivimos en el mundo terrenal nos sintamos inadecuadas, insuficientes o defectuosas por no tener estos sentimientos de pureza absoluta y por encontrarnos de repente muy desesperadas, hartas, por gritar, por no tener nada bajo control, por perder la paciencia, por querer renunciar, por arrepentirnos por ser madres a momentos, por desear que regresara nuestra vida de antes de que nacieran los niños.

 

Nadie nos dice que en realidad esto es lo que pasa. En verdad somos estas mujeres que no tenemos nada bajo control, que debemos aprender que la vida fluye y que las cosas suceden como sea y no como nosotros queremos que sucedan.

 

Con la maternidad debemos abrazar la mayor expresión de la palabra “ambivalencia”.

 

En 1912, Freud introdujo el término “ambivalencia” para explicar la dualidad de sentimientos que podemos tener hacia un otro. La ambivalencia esta compuesta por la experimentación de sentimientos de amor y odio hacia la misma persona que se desarrollan en nuestro interior de una manera más o menos consciente. Está presente en absolutamente todas nuestras relaciones y no la podemos evitar.

 

Para entender esto con otras palabras, podríamos decir que:

“No existe una relación afectiva de puro amor o de puro odio, ambos sentimientos van relacionados y se encuentran en constante conflicto en nuestro interior”.

 

Y esta ambivalencia nos sucede, independientemente de que nos demos cuenta de ella o no. Y aparece con nuestros hijos, con la pareja, los amigos, los padres, los hermanos, etc. Con todos ellos siempre hay momentos en que los adoramos y queremos estar pegados a ellos y otros en los que no podemos ni verlos. Y todo esto es perfectamente normal y aceptable.

 

Lo importante es cómo logremos nosotros regular este conflicto entre los sentimientos amorosos y de odio. Ya que en la medida que mejor lo hagamos, estaremos hablando de mayor salud psíquica. Esto significa que seamos capaces de:

 

  1. Aceptar que estos sentimientos existen al mismo tiempo en nuestro interior (y en el caso de la relación con nuestros hijos, eso no nos hace malas madres).
  2. Ser capaces de comunicar, sin lastimar al otro, el malestar que nos genera algo.
  3. No negar el odio existente y aceptar que es solo humano, ni bueno ni malo.

 

Hay mamás que no pueden con la idea de vivir esta ambivalencia y prefieren negar estas emociones y fingirse perfectas, porque consideran que estas son incompatibles con el amor maternal. Se exigen llevar una imagen de madre ideal, que esta muy alejada de la verdadera experiencia de la maternidad. Pero la realidad es que negar la ambivalencia, es negar sentimientos inevitables, que están presentes, por lo que es negarnos un aspecto importantísimos de nosotras mismas.

 

Tenemos que entender, que si continuamos dando vida a un papel idealizado de la maternidad, de los afectos y de la vida, cuando nos sintamos enojadas o frustradas por algo que no nos guste de la relación con nuestros hijos, vendrá un sentimiento de anormalidad, de inadecuación o de ser “mala madre”. Lo cual es una total mentira. Sentir esto no significa dejar de querer o querer menos. Sentir esto es solo dejarnos ser humanas y terrenales y enseñarles a nuestros hijos que sus emociones ambivalentes también están bien y son bienvenidas en la familia.

 

Lo sano es mostrarnos tal cual somos: madres normales, aterrorizadas y valientes, que sienten, que sufren, que se desesperan, que pierden la paciencia, que se equivocan, que se juzgan, que lloran, que se cansan, que se aburren, que se frustran, que se ponen felices, que se conmueven, que van de un estado emocional a otro en el mismo día, que a veces aman y a veces odian, que a veces consuelan y a veces piden consuelo, madres fuertes y débiles al mismo tiempo.

 

En pocas palabras, madres vulnerables. Madres de la vida real. Que son capaces de sentir y expresar la ambivalencia de amor y odio sin ahogar al bebé de atención y sin querer aventarlo por la ventana de desesperación. Mujeres dispuestas a comprenderse, aceptarse y a cuidar así el vínculo que establecen con sus hijos.

 

En palabras de Donald Winnicott: madres suficientemente buenas, normales, no ideales, que hacen lo que pueden con sus dificultades y destrezas, tomando en cuenta sus circunstancias.

 

¿Aceptas la ambivalencia de tus sentimientos por tus hijos?

 

por Mariana Kalis