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Los niños y el juego

Los niños y el juego

¿Qué es realmente el juego? Además de una actividad lúdica, el juego es el lenguaje universal de los niños, el niño antes de hablar ya juega, juega con sus manos, con objetos y comienza a explorar el entorno. Todo el mundo sabe que un niño con buena salud es un niño que se divierte, se ocupa con cualquier cosa e indaga todo. Cuando un niño está inactivo, no juega, es posible que sufra depresión o algo esté mal con él, puede que no escuche bien, que tenga algún problema motor, entre muchos otros.

Lo que el niño hace cuando está solo, lo hace también cuando está con otros por lo que el juego es un pilar muy importante en el despertar psicosocial.

El despertar psicosocial se desarrolla entre los dos meses y medio y los seis meses, que es cuando un niño parece más pasivo-activo, como dormido. Después de los tres meses, es cuando la madre o quien lo cuida debe velar porque el niño tenga con el, además de los cuidados esenciales, momentos libres de tensiones corporales por los que establezca con él mismo una relación de palabras, de intercambios sensoriales afectivos, estimulación, etc.  Todo esto para su placer.

Todo juego es realizado por el niño para buscar el placer, trae consigo una satisfacción y, en los que son compartidos, permite expresar su deseo a otros. Este placer, se obtenga o no, es una experiencia que se quiere siempre.

Después de la inclusión y la relación de la actividad lúdica con el placer, viene el juego en torno al tener y al guardar: cestas y maletas que llena y vacía, sacar y meter los juguetes de juguetero, etc. Después, son juegos de hacer: montar y desmontar, apilar bloques, imágenes en dos dimensiones por ejemplo los rompecabezas.

Más tarde, comienzan a crear mundos y echar a volar la imaginación por lo que es importante ayudarlos con juguetes que estimulen y promuevan su creatividad.

El juego está estrechamente asociado con el aprendizaje del lenguaje. Por lo que promoverlo, acompañarlo y brindarle herramientas para maximizarlo estimulan las capacidades tanto del aprendizaje del lenguaje como el desarrollo social y psicomotor.

Por otro lado, las abstracciones de la vida como: ser, tener, hacer, coger, dar, amar, odiar, vivir y morir, no cobran sentido más que través de los juegos.

Así mismo tampoco hay que etiquetar a los niños ya que algunos de ellos encuentran también un placer muy vivo de una manera pasiva como escuchando, mirando, sintiendo y observando. Debemos respetar estos momentos en apariencia pasivos.

Hay que saber que también es bueno para un niño sensible e inteligente, jugar a estar en silencio consigo mismo y con el entorno. Por lo que proveerles juguetes que se adapten a sus necesidades como una mesa sensorial, crayones con distintas formas, rollo para pintar en la pared, entre otros se adaptan a su juego promoviendo el desarrollo.

El juego que no oculte ninguna sorpresa, que no plantee ningún enigma o estimule la imaginación del niño, es completamente inútil y de echo le molesta.

El adulto debe de  ayudar a crear entorno favorecedor para desarrollar el juego, cambiando a menudo los juguetes o tener juguetes lúdicos que cambien de forma o se puedan armar y desarmar. Que inciten la astucia, la creatividad, que descubran las leyes de la materia que lo forman y distintos materiales.

Durante el juego los niños tiene la necesidad de límites para sentirse seguros, pero de límites que no se deban más que a un peligro real. Como meterse objetos a la boca, acercarse al fuego, meter los deditos en el enchufe, etc. Hay que tener mucho cuidado con la delgada línea entre los límites y la privación del desarrollo del niño limitándolo en el juego.

Las ordenes terminantes continuas como: “Cállate”, “No toques”, “Quédate quieto”, “No hagas eso”, “Bájate de ahí” o los miedos como “Te vas a caer”, “Se va a romper”, “Se te va a perder” construyen  desde antes de los dos años la base de las personalidades neuróticas y apego ansioso ambivalente.  El niño se deja asfixiar por un adulto el cual lo inhibe a sí mismo y en silencio del deseo y el placer. Se hace ”prudente”, es decir, pasivo y no comunicativo, dañando su desarrollo social y comienza a explorar con miedo y ansiedad.

Cuando marquemos un límite hay que preguntarnos antes, ¿Esto es peligroso para el niño o me molesta a mi?, si es molesto para el adulto, por ejemplo que ría en alto, que corra sin parar y que juegue todo el día haciendo ruido, hay que trabajarlo con el adulto, no con el niño.

Las personas y por lo tanto los niños no estamos tan alejados a nuestros instintos mamíferos y todas las crías se desarrollan por medio del juego. Privar a un niño de jugar es privarlo del placer de vivir.  La represión impuesta provoca desequilibrio de la armonía psicosocial del pequeño que aparecerán en infancia posterior.

 Jugar no solo es aprender a ser, es también aprender a vivir.

 

Por Andrea Anaya Alós, Psicóloga y Terapeuta de Juego